Miércoles, Mayo 27, 2020
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EL CRISTO DE LA VEGA

Cuenta el poeta Zorrilla que en la imperial Toledo ocurrió, hace de esto algunos siglos, lo que vamos a narrar.

Una noche, a hora avanzada, cuando en la ciudad dormida no se oía más que el ruido de las aguas del Tajo en su discurrir por lo hondo de su cauce, y en las oscuras calles reinaba la más completa calma, un embozado, espada en mano, paseaba nervioso al pie de una ventana, la única iluminada en toda la calle.

De pronto se oyó acercarse un jinete al galope en dirección a la casa de donde salía la luz.

- ¿Quién va? – gritó el embozado saliéndole al paso.

- Un hidalgo. ¡Calle libre!

- ¡Téngase el hidalgo!

- ¡Calle libre, digo, que hasta hoy nadie detuvo a Iván Vargas y Acuña!

- Pase el Acuña y perdone – respondió el embozado haciéndose a un lado.

En aquel momento, una hermosa mujer se asomó a la ventana y murmuró medrosa: “¡Es mi padre!”.

El chirriar de la cerradura rompió el silencio de la noche. Se abrió el amplio portalón, entró el jinete y su cabalgadura, y, al cerrarse de nuevo, la puerta de calle volvió a quedar silenciosa.

Casi al mismo tiempo un hombre joven descendió por las rejas de las ventanas de la casa, mientras el embozado se apresuraba a facilitarle la bajada. Luego, a toda prisa, los dos hombres se perdieron en las sombras de la noche.

Pocos días después, una tarde soleada, junto a la puerta toledana de Cambrón, que da acceso a la ciudad, el joven y apuesto Diego Martínez esperaba a su amada Inés, la hija de Iván Vargas y Acuña.

Llegó ella apresurada y buscaron un lugar solitario para hablar a sus anchas. Él estaba en vena de amoríos, como siempre; pero ella le atajó secamente sus deseos amorosos.

- Diego, hemos de hablar – le dijo -. Mi padre sabe que un hombre ha entrado en casa por la noche y en su ausencia. No podemos seguir así. Prométeme que te casarás conmigo o déjame para siempre.

- Inés querida – respondió él -, sabes que dentro de un mes parto para Flandes. Al año estaré de vuelta y entonces me casaré contigo.

- Diego, ¿me juras eso?

- Te he dado mi palabra.

- No basta. Necesito tu juramento ante un testigo.

- ¡Qué empeño! Pero, ¿qué pretendes?

- ¿Lo jurarías ante la imagen del Cristo de la Vega? – insistió ella.

Diego vacilaba. Ponía dificultades. Pero Inés insistía, asiéndose a aquella idea que se le había ocurrido de repente, como a la única garantía posible y que le merecía absoluta confianza.

Al poco rato llegaron a la ermita del Cristo, situada extramuros de la ciudad, en la vega. A tales horas la pequeña capilla estaba solitaria y silenciosa. Unos escasos cirios de llama mortecina rasgaban la oscuridad y destacaban algunos rasgos de un Cristo agonizante de tamaño natural, que estaba clavado en la cruz.

Inés y Diego quedaron ante la imagen conteniendo la respiración. De vez en cuando se oía el roer de alguna carcoma y el chisporroteo de los cirios. Ella tomó la mano de él.

- Diego, ¿juras desposarme a tu regreso?

- Sí, lo juro.

Salieron de la ermita del Cristo y algo después se despidieron como tantas otras veces lo habían hecho.

Pasó un día y otro día, un mes y otro me pasó, pero Diego no regresaba de Flandes y a la pobre Inés se le veía desmejorar día a día. Las horas eran siglos para ella y sólo hallaba consuelo postrada a los pies del Cristo de la Vega. Muchos soldados y capitanes regresaban de Flandes cargados de laureles y de medallas; todos menos Diego.

Hasta que un día le dijeron a Inés que su amado Diego había llegado. La pobre casi no quería creerlo. Volvía, en efecto, al frente de sus hombres, galán y altanero, ascendido a capitán de tercios.

Sin siquiera perder tiempo en arreglarse, Inés bajó corriendo a la calle y, llorando de alegría, se abalanzó sobre el caballo de su novio, cogiéndolo de las bridas para detenerlo.

- ¡Diego, Diego mío! – exclamó.

Pero él apenas la miró y, espoleando el corcel con sus hermosas espuelas de oro, se limitó a decir con desprecio:

- ¡Por Belcebú, que no sé quién pueda ser esta joven!

Al oír esto, Inés se desmayó y hubo que llevarla inconsciente a su casa, costando mucho luego hacerla volver en sí. La infeliz muchacha supo después que Diego había regresado ascendido a capitán de tercios, con grandes honores y mucha gente a su mando. Pero también supo, aunque quisieron ocultárselo, que seguía negando que hubiera prometido casarse con ella.

- ¡Esto es una locura incomprensible! – decía el flamante capitán.

Tan pronto como la desdichada Inés tuvo fuerzas para sostenerse en pie, fue a entrevistarse con Diego. La infeliz creyó que su presencia movería al apuesto galán a amarla nuevamente y que no podría resistir la evidencia en sus propios labios. Pero se equivocaba.

Muy dolorosa fue la entrevista. Inés le rogó con lágrimas en los ojos, se abrazó de rodillas a sus pies, le suplicó con palabras cariñosas, con amenazas, con ruegos. Todo fue inútil. Diego permaneció inalterable en su postura. Él no se acordaba de nada ni quería saber tampoco nada de ella.

¡Tanto mudan a los hombres, fortuna, poder y tiempo!

Como al final todo parecía perdido y Diego se mostraba incluso insolente, Inés, recuperada un tanto, dijo al tiempo de marchar:

- Bien, Diego, me voy; pero esto no queda así. Contigo se fue mi honra. Pero yo tengo tu promesa. Pesaremos en buen fiel estas dos prendas. ¡Adiós!

El anciano y justiciero don Pedro Ruiz de Alarcón era por entonces gobernador de Toledo. Y una vez por semana presidía el tribunal en una sala de la Audiencia. Uno de esos días, los jueces, corchetes, escribanos y público prestaron más atención que de costumbre. Y hasta el mismo presidente pareció interesarse también mucho más.

Y todo era porque había llegado ante el tribunal una joven hermosa y fina, pero descompuesta y llorosa. Era Inés de Vargas, la hija del rico e ilustre hidalgo Iván Vargas y Acuña.

- ¿Qué quieres, mujer? – le preguntó el gobernador.

- Justicia, señor.

- ¿De qué?

- De una prenda hurtada.

- ¿Qué prenda?

- Mi corazón.

- ¿Tú lo diste?

- Lo presté.

- ¿Y no te lo han devuelto?

- No.

- ¿Tienes testigos?

- Ninguno.

- ¿Y promesa?

- ¡Sí, por Dios!

- ¿Quién es él?

- Diego Martínez.

- ¿Noble?

- Y capitán, señor.

Los jueces estimaron que no había lugar para aquella reclamación extemporánea y no realizada por conducto reglamentario. Pero el presidente, don Pedro Ruiz de Alarcón, interesado en el asunto, dispuso que se fuera a buscar a Diego Martínez y se le llevara ante el tribunal.

Pero una vez ante los jueces, el capitán declaró:

- Es verdad que conozco a esta mujer, pero es falso que yo le he jurado que me casaría con ella.

En vano le acusó Inés de falsario, pues al ser preguntada sobre si tenía testigos dijo que no. Y ya se iba Diego, dispensado de toda culpa por el tribunal y con sus excusas, cuando la joven gritó:

- ¡Señor, llamadle otra vez, tengo un testigo!

- ¿Quién es?

- ¡El Cristo de la Vega! – respondió Inés.

En la sala se hizo un denso silencio. Los jueces se habían puesto en pie al oír el nombre del Señor. Todas las miradas coincidieron en Diego, que no podía disimular su vergüenza y turbación.

Después de consultar con los jueces, el presidente del tribunal anunció con voz solemne:

- La ley es la ley para todos. Tu testigo, Inés, es el mejor. Hoy, al caer el sol, el notario tomará declaración al Cristo de la Vega.

A la hora fijada, un nutrido grupo de gentes llenaba la ermita. Iván Vargas, su hija Inés, Diego Martínez, don Pedro Alarcón, jueces, corchetes, guardias, clérigos, hidalgos, mozas, chicos y gente de toda especie y condición, que acudía atraída por el sensacional suceso.

Ante el Cristo habían encendido varios cirios. La imagen del Crucificado parecía ahora coloreada por el rojizo resplandor de las llamas mucho más exangüe, más patética, más terriblemente muerta que nunca.

En medio de un silencio expectante se adelantó el notario hacia el Cristo e hizo que Inés y Diego se pusieran a su lado. Luego, en tono solemne dio lectura a la acusación y dijo:

- Jesús, hijo de María, ante nos esta mañana citado como testigo por boca de Inés de Vargas, ¿juráis ser cierto que un día a vuestras divinas plantas juró a Inés, Diego Martínez desposarla por mujer?

Entonces todos los presentes vieron cómo la mano derecha del Cristo se desclavaba de la cruz e iba a posarse sobre los autos, con un golpe seco. Y al mismo tiempo se oyó que desde lo alto decía una voz profunda:

- ¡Sí, juro!

Y cuentan que Inés renunció allí mismo a la satisfacción de la promesa de su novio, y profesó pocos días después de un convento de monjas.

También Diego, por su parte, se entregó a una vida de oración y penitencia, sin que olvidara nunca aquel milagro tan grande.

La poesía de Zorrilla cuenta así el milagroso suceso:

Está el Cristo de la Vega
la cruz en tierra posada,
los pies alzados del suelo
poco menos de una vara;
hacia la severa imagen
un notario se adelanta,
de modo que con el rostro
al pecho santo llegaba.

A un lado tiene a Martínez;
al otro lado, a Inés de Vargas;
detrás el gobernador
con sus jueces y sus guardias.

Después de leer dos veces
la acusación entablada
el notario a Jesucristo
así demandó en voz alta:
-Jesús, hijo de María,
ante nos esta mañana
citado como testigo
por boca de Inés de Vargas
¿juráis ser cierto que un día
a vuestras divinas plantas
juró a Inés Diego Martínez
por su mujer desposarla?

Asida a un brazo desnudo
una mano atarazada
vino a posar en los autos
la seca y hendida palma,
y allá en los aires “¡Sí, juro!”
clamó una voz más que humana.

Alzó la turba medrosa
la vista a la imagen santa
Los labios tenía abiertos
y una mano desclavada.

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